22 de noviembre de 2007

San Vicente, haciendo difícil lo fácil

Fecha: 18-11-2007
Lugar: Sierra de Hornijo (Cantabria)
Cimas: San Vicente 937

Normalmente planifico mis salidas durante la semana, me documento a través de libros y de Internet, estudio las diferentes rutas y preparo un par de posibles salidas, pero hasta última hora no decido cual de ellas voy a hacer. Para este día tenía prácticamente resuelto que iba a ascender al Kolitza, en los montes de Ordunte, y después me acercaría hasta el Burgüeno, pero el sábado apareció mi cuñado “el montañero” y cada vez que viene aprovechamos para hacer una buena salida... montañera. Aunque esta vez venía con poco tiempo y se conformaba con hacer alguna cima donde no hubiese estado antes, así que como Kolitza y Burgüeno ya los había subido, había que cambiar de planes. Como ya le conozco un poco, le hice tres propuestas, pero ya sabía cual de ellas iba a elegir, la que yo quería hacer. Las propuestas eran, Balgerri en Ordunte, Lekanda por Gorbeia y... San Vicente. "Casualmente" yo había sacado días antes en Internet la ruta para subir a este último, con alguna fotografía de su impresionante silueta y en cuanto lo vio se dibujó una pequeña sonrisa en su cara “este”, no dijo más.

Madrugón, desayuno y coche hacia Ramales de la Victoria, donde hacemos una pequeña parada técnica para tomar café y tener una primera imagen de este pequeño coloso. La vista de la imponente silueta de la montaña que se tiene desde Ramales augura una subida emocionante, pero aún no nos imaginamos cuan emocionante va a ser, aunque con “el montañero” me puedo esperar cualquier cosa. Dejamos Ramales atrás y nos internamos en el valle de Soba para dirigirnos al lugar donde comenzaremos la subida, paramos un par de veces para hacer fotos, paradas cortas porque hace un frío que pela, hasta los árboles tienen escarcha.

Le indico a “el montañero” que debemos dejar el coche en Rozas, donde nos recibe una multitud de perros eufóricos, casi que aquí no nos bajamos, mejor un poco más adelante, pero al ver que la pista que se dirige a Manzaneda es de cemento y perfectamente transitable decide llegar hasta este barrio. Según el “libro de ruta” la ascensión comienza tras la última casa del barrio, lo cual está muy bien si sabes cual es la última casa, porque Manzaneda no es un núcleo sino caserones desperdigados. Continuando por la pista llegamos a un punto donde comienza a descender y a la izquierda sale otra pista de tierra en sentido ascendente, dos mas dos cuatro, giramos a la izquierda, un poco más adelante lo mismo pero a la derecha y, así hasta que se nos acaban las pistas. Bueno, pues aquí dejamos el coche. El San Vicente y su sierra son perfectamente visibles y no parece difícil llegar hasta su base. Invertimos unos minutos en intentar localizar algún sendero o marcas de pintura que nos guíen, pero no encontramos nada, y como buenos bilbaínos decidimos que la línea recta es el camino más corto. Grave error.




Nos hemos metido en un lapiaz de impresión. Tenemos delante nuestro una zona herbosa hacia la que nos dirigimos, pero a cada paso que damos, mas difícil nos resulta avanzar, difícil y peligroso, el terreno está lleno de gritas cubiertas por la vegetación, y para más INRI, yo me he dejado las botas y el bastón en casa y voy en zapatillas, por suerte “el montañero” siempre lleva un par de “makilak” (bastón de madera) en el coche y hoy, más que nunca, me va a resultar de gran ayuda. Seguimos avanzando y, por fin, tras pasar una hoyada y salir trepando, llegamos a terreno despejado ¡hemos invertido casi una hora en el maldito lapiaz!



No tenemos ninguna referencia del camino a seguir y lo que pone en la ruta que saqué de Internet ya nos da igual. Tenemos dos opciones, atacar la cima directamente o dirigirnos hacia el collado de la Muesca Grande y hacer el recorrido por el cordal. Dado lo cerca que estamos de la Muesca Grande, decidimos que esta es la mejor opción. Segundo error. Junto a la Muesca Grande, separadas por una pequeña mole de roca, El Piquete, se encuentra la Muesca Chica, que en cierta forma recuerda a la brecha de Roldan, en los Pirineos. La silueta de la sierra es realmente bonita.


Ahora debemos remontar la fuerte pendiente hasta alcanzar el cordal. No hay ningún camino marcado y buscamos los pasos más fáciles. Llega un momento en que nos separamos, yo decido subir trepando por una zona de rocas y matorrales, y zarzas, y espinos, vamos, una delicia de paseo, pero enseguida alcanzo el cresterío. “El montañero” ha preferido ladear un poco, será la edad, pero enseguida se reúne conmigo arriba. Nos recreamos con las vistas hacia ambos lados de la cresta rocosa y enseguida nos damos cuenta de que crestear no era la mejor opción.



Pero ya no nos queda más remedio, así que nos ponemos a la faena. El principio parece cómodo, lo hacemos por el mismo filo del cordal, pisando sobre roca firme hasta que nos desviamos hacia la derecha para pasar una de las pequeñas cimas que hay antes de llegar al San Vicente. Ahora sí que nos metemos de lleno en otro lapiaz, otra vez rocas afiladas como cuchillos, grietas cubiertas de vegetación.. “el montañero” va delante y varias veces le oigo gritar ¡cuidado! después de hundir la pierna hasta la rodilla en algún agujero. El bastón se convierte en nuestro mejor aliado, hay que ir tanteando antes de poner el pie. Yo procuro buscar el paso firme sobre la roca aunque tenga que agarrarme y hacer algún que otro ejercicio de equilibrio, pero de todas formas el avance es lento y penoso.



Llegamos a la última de las pequeñas cimas que anteceden a nuestro objetivo. Debemos bajar a un collado, pero en línea recta es imposible, aquí el lapiaz se vuelve más salvaje, pináculos de roca que se elevan como penitentes. Retrocedemos unos metros y bajamos hacia nuestra izquierda en busca de un pequeño corredor herboso que desemboca en el collado. A partir de aquí que cada uno suba por donde pueda, total, ya no puede ser peor de lo que hemos pasado.



Y al fin... la cima. Como siempre, las vistas y cierta sensación de superación, son la recompensa a tanto esfuerzo. Miradas hacia el valle de Soba, hacia Santander, hacia la cercana cima de la Mortera, hacia Ramales de la Victoria, allá, bajo un precipicio de casi 900 metros. En el buzón me encuentro una ficha del Grupo Alpino Aldatz Gora de Bilbao, dejada por otros montañeros el día anterior. Lleva una nota escrita por detrás y al leerla no puedo evitar una carcajada, textualmente dice “... al principio del camino nos hemos despistado y hemos acabado subiendo como las cabras...” Vaya, parece que no somos los únicos...


Comemos, descansamos y para abajo, que a “el montañero” aún le queda un largo camino de vuelta a casa. Ahora sí, sin ningún problema hemos localizado los hitos y marcas de pintura que señalizan el camino, así evitamos bajar al collado y enfrentarnos con ese ejército de penitentes en forma de rocas. Además ahora el camino resulta mucho más cómodo y bonito, aunque no exento de dificultades, la pendiente es fuerte y entre piedras, un tropezón y bajaríamos rodando hasta el lapiaz donde empezamos el recorrido, y la verdad, no me apetece mucho.


“El montañero” tiene prisa, hemos salido del terreno rocoso y le he perdido de vista, pero es que mientras él sigue bajando, yo no puedo evitar darme la vuelta cada dos por tres para mirar la montaña. Parece que se ha unido a las nubes para hacernos señales, no sé si se está despidiendo de nosotros “adiós, hasta la próxima...” o nos está amenazando “si volvéis por aquí, no seré tan benevolente...” 


Ahora sí estamos en la última casa del barrio de Manzaneda, justo unos metros más adelante del lugar en el que nos desviamos por primera vez de la pista de cemento, pero bueno, así se aprende. Ultimas miradas al San Vicente y a su sierra. Al final el día ha dado para mucho, yo he subido la montaña que quería y “el montañero”... “el montañero” también.





20 de noviembre de 2007

Alluitz, mi particular paso del infierno

Fecha: 12-05-2007
Lugar: Parque Natural de Urkiola (Bizkaia)
Cimas: Alluitz 1.040


Hacía ya algún tiempo que había estado a los pies del Alluitz por primera vez, fue un día que en compañía de mi cuñado “El montañero” (algún día le dedicaré una entrada completa) y su pareja, acabamos en el collado de Artola. Aquel día ya era tarde y por unanimidad decidimos subir al Astxiki, pero la visión de aquella mole de roca que se alzaba por encima de nosotros me impresionó bastante (“El montañero” se quedó con ganas de subirlo), así que pasó a la lista de ascensiones prioritarias, y hoy le ha llegado el día.


Me desplazo hasta el barrio de Sagasta para iniciar la ascensión, pues la anterior vez llegué al collado de Artola desde Atxarte y así puedo conocer una ruta nueva. Desde Sagasta, junto a una gran fuente, parte una pista a través del bosque con varias bifurcaciones, una de las cuales lleva hasta un claro donde dejo el coche. De frente, la pista atraviesa una puerta metálica y comienza a ascender para recorre la sierra de Anboto bajo sus paredes. Yo me desvío por un sendero a la derecha antes de llegar a la puerta, pero también asciendo las primeras rampas bajo el Alluitz hacia el collado de Artola. Ahora frente a mí tengo las fuertes rampas que llevan mi vista hasta las laderas del Astxiki.


Apenas llevo un rato caminando y se me está haciendo muy pesado el avanzar, me duelen las piernas y tengo que parar cada pocos pasos. Me pasa muchas veces que los primeros momentos de una subida se me hacen duros, hasta que caliento las piernas o cojo un buen ritmo, pero hoy es diferente, realmente es como si no tuviera fuerzas para seguir. He madrugado bastante, mi hijo de cinco años no perdona, cuando él dice que arriba, no queda más remedio que levantarse, y su hora normal son las siete de la mañana. También he desayunado temprano, el desayuno habitual, buen tazón de Cola Cao, tostadas y galletas y a media mañana algo de fruta, pero por lo visto, hoy no es suficiente. La subida la he comenzado a eso de la una del mediodía. Hace un día espléndido y el calor se nota bastante, aunque más lo notaré por la noche, no me he traído ni la gorra ni la crema solar y el cuello y los brazos se me van a quedar chamuscaditos. Con la lengua fuera y sin aliento he llegado al collado de Artola, donde no me lo he pensado dos veces, me he despojado de todo el equipo, me he acomodado en la hierba y he sacado toda la comida que llevo en la mochila. Cualquiera que me vea pensará que en lugar de montañero soy un maldito dominguero que está de pic nic. Después de acabar con casi todas las provisiones del día lo mejor es reposar un rato, que tampoco es cuestión de echar las tripas un poco más arriba, y como no hay mal que por bien no venga, el parón me ha servido para poder hacer unas bonitas fotos del Astxiki.




No sé si me habré recuperado del bajón, pero más me vale, por que lo que me queda por delante es una de las subidas más duras que he hecho. Primero una pedrera, con lo que me gustan a mí...


Este tramo lo paso sin dificultad, parece que la merendola ha hecho efecto, pero el tramo realmente duro comienza ahora, a los que tienen vértigo se les suele decir “no mires hacia abajo” y a los que como yo se quedan sin fuerzas, lo mejor es decirles “no mires hacia arriba”. Y eso hago, clavo la mirada en el suelo y paso a paso le voy ganando metros a la montaña. A mitad de camino vuelvo a notar molestias en las piernas, parece que hoy no es mi día, además el sol está calentando de lo lindo y aquí no hay ni una sola sombra, un haya solitaria bastante más arriba de donde estoy me sirve de motivación para continuar subiendo, aunque sólo sea por buscar su sombrita y sentarme un rato.



Cuando llego a este lugar me doy cuenta de que la cima está ya a muy pocos pasos y la cosa cambia, esto ahora es una cuestión de orgullo montañero y no hay dolor de piernas que valga, la recompensa al esfuerzo realizado está muy cerca, y desde luego, en esta cima, la recompensa es muy grande. La visión del cresterío que lleva hasta el Anboto es impresionante. Me olvido del dolor de piernas y comienzo a sacar fotos, no puedo dejar que se me escapen esas nubes, esos colores, esas sombras... son unos momentos de actividad frenética hasta que me doy cuenta otra vez de donde estoy y de lo que me ha costado llegar hasta aquí.




Ahora, más relajado, me siento a observar el entorno con más calma y especialmente el más conocido de los pasos aéreos de nuestras montañas “Infernuko zubia” el Paso del Infierno.



Sólo unos cuantos metros de cresta que ponen los pelos de punta a los poco acostumbrados a este tipo de pasos, pero que merecen el respeto de hasta los más intrépidos. No son pocas las personas que se han dejado aquí la vida. La caída a uno y otro lado es espectacular, sobre todo hacia el lado de Atxarte, donde las paredes son verticales. Tengo que verlo de cerca. Me acerco hasta una canal que desciende hacia el paso sin gran dificultad, aunque el abismo que se encuentra hacia abajo comienza a ser más que evidente.



Si que impresiona, sí. Es curioso, pero la sensación de vértigo que puedo experimentar en el balcón de un décimo piso nunca la he tenido en la montaña, y os aseguro que me he asomado a lugares con caídas de más de un centenar de metros, pero bueno, mejor para mí. Creo que ya lo he visto bastante cerca así que vuelvo a la cima trepando por la estrecha canal. Al llegar al vértice geodésico veo a dos personas que aparecen de la nada, no, no son espíritus, son escaladores que han subido por las paredes que dan hacia Atxarte. No se entretienen mucho en la cima y enseguida desaparecen por donde han venido, escalando.



Me he pasado la tarde en la cima, sacando fotos de todo, mirando pasar las nubes, viendo volar a las chovas haciendo piruetas sobre mi cabeza y al elegante alimoche planeando sobre los cortados de roca, da pena marcharse, pero después de haber pasado mi particular “infernuko zubia” durante la subida, la sensación que me llevo de este día no puede ser mejor.



Una vez en el coche, nada mejor que parar un momento en la fuente de Sagasta para refrescarme y beber hasta la saciedad. Comienzo a notar los picores de la quemazón que me ha producido el sol en brazos y cuello. Presiento que me acordaré de esta montaña durante mucho, mucho tiempo...





14 de noviembre de 2007

Vuelta a Anboto

Fecha: 10-11-2007
Lugar: Parque Natural de Urkiola (Bizkaia)
Cimas: Andasto 805 – Izpizte 1.065


Sábado, mediodía, ni una sola nube en el cielo, el ambiente fresquito, pero el sol calienta, un día cien por cien otoñal. Mi intención hoy es llegar hasta el collado de Zabalaundi para fotografiar el Anboto, pero sin subirlo, si acaso subiré al Izpizte. Esta montaña es impresionante y desde el lugar en el que me encuentro, Arrazola, mucho más, estoy a sus pies, la cima queda a más de mil metros por encima de mi cabeza.


Comienzo a caminar junto a la iglesia de Arrazola, en el valle de Atxondo, por una carretera que asciende entre preciosos caseríos reformados. El camino enseguida se convierte en una pista que poco a poco se va estrechando hasta que se llega a una antigua calzada de piedra. A mi derecha los escarpes rocosos del Anboto y a mi izquierda el barranco por el que fluyen las aguas del arroyo Errekaundi y la imponente visión del Udalatx.




La pendiente propicia la formación de pequeñas cascadas y pozas de agua, especialmente atrayentes al llegar a un pequeño llano presidido por dos hayas de grandes dimensiones. Es un buen lugar para coger aire y hacer fotos.





Por este lugar se cruza el arroyo y el camino asciende en zigzag para llegar hasta un nuevo llano donde comienza un gran hayedo. El suelo está alfombrado por las hojas secas, hay tantas que la senda se ha difuminado, hay varias personas rastreando para encontrar de nuevo el camino. Me uno a ellos y durante unos minutos ascendemos la fuerte pendiente de manera desordenada, buscando el paso más fácil, hasta que finalmente reconocemos el sinuoso perfil del camino bajo la hojarasca.



Tras este fuerte repecho salgo a terreno herboso y despejado, es el collado de Andasto. Mientras recupero el aliento observo que la modesta cima del Andasto queda a mi izquierda y no me va a suponer ningún esfuerzo ni una gran pérdida de tiempo llegar a su cumbre, pero sin darme cuenta me he olvidado de algo, la imagen que me encuentro al girarme me impresiona, la luz del sol reflejada en la piedra blanca me deslumbra, ahí está el Anboto, como una colosal pirámide de roca.



Tras una pequeña trepada me encaramo a la cima del Andasto, presidida por un pequeño buzón. Las vistas son muy buenas, además del Anboto, en dirección opuesta, el solitario Udalatx y su cresterío destacan sobre el horizonte de sierras guipuzcoanas.




Continuo mi caminar hacia el collado de Zabalaundi que ya es perfectamente visible, con su pequeño refugio. El camino discurre ahora siguiendo el sendero GR-123, se trata de una pista ancha que atraviesa un bosque cuyos árboles ya han perdido todas sus hojas. A través del enmarañado entramado de ramas, como si estuviera encerrado en una prisión, puedo ver la imagen del Anboto.



A la salida del bosque el terreno se abre hacia las verdes campas de Zabalaundi que poco a poco se mezclan con el blanco de la roca para finalmente ser sólo piedra que de forma vertiginosa se alza hasta la cima. Puedo distinguir pequeños puntitos que se mueven allá arriba y otros que comienzan a descender. Me he sentado sobre la hierba por que la imagen que tengo delante es para grabarla en la memoria, quiero recordar todos los detalles y, cuando vea las fotos que estoy haciendo, quiero experimentar la misma sensación que tengo ahora, una sensación de calma total.




Tener esta mole delante, con el día que hace... la tentación de subirlo es enorme, pero voy justo de tiempo, no quiero que se me haga de noche, hoy me conformaré con robarle mil y una imágenes. Continúo con mi idea original, la de subir a Izpizte, desde donde espero tener una buena perspectiva de la montaña y podré sacar buenas fotos. La subida no me lleva mucho tiempo, el camino es un tanto caótico. Entre los árboles y las rocas, marcas de pintura, hitos de piedra, palos clavados en el suelo y un poquito de intuición, todo vale para marcar el camino que lleva a la cima.

La cumbre de Izpizte me resulta aún más caótica que la subida, árboles y rocas dan cobijo a dos buzones, el más antiguo de ellos completamente olvidado y abandonado, cubierto de oxido. La vista del Anboto no es como yo me esperaba, pero sí merece la pena contemplar el paisaje hacia el valle de Aramaio. Es una pena por que tengo el sol justo de frente y las fotografías no hacen justicia a la belleza de este paraje.




Tenia pensado aprovechar este momento para descansar y comer un poco, pero, por lo incómodo del terreno y lo sombrío que es, aquí hace fresco, decido retornar hasta Zabalaundi, comeré sentado al sol, apoyado en las paredes del refugio, junto al Anboto (no todos los días se puede comer en un sitio así)




He cumplido el plan del día, pero aún tengo tiempo y decido seguir el sendero del GR-123 en dirección hacia Urkiola. Voy a ir hasta el collado Pagazelai, desde donde comienza la subida más habitual a esta montaña, intentaré aprovechar que el sol ya está bajo y la luz es mejor para hacer fotos. Un nuevo punto de vista, otra estampa diferente, pero es la misma montaña.




Es hora de pensar en la bajada. Tengo dos opciones, deshacer el camino recorrido o seguir adelante hacia el cercano collado de Larrano y bajar por la cara Norte dando la vuelta completa al Anboto, este zona es completamente desconocida para mí, pero, ¿por qué no? El camino hacia Larrano pasa primero junto a la fuente de Pol Pol, cuyo chorreo resuena en el fondo de una hondonada , y después se asoma a Atxarte en el collado de Asuntza. En el tramo hasta Larrano apenas me entretengo en tomar unas pocos fotos, el tiempo apremia.




Comienzo a descender en busca del sendero balizado que me llevará al punto en que inicié mi recorrido. Voy descendiendo pero no veo ningún sendereo, ni señales que marquen el camino. Cuando el terreno comienza a volverse más escarpado descubro trazas de lo que parece un sendero, al menos la roca está sucia por los restos de pisadas y durante un instante creo que voy por el camino correcto, hasta que llego a un punto en que me encuentro con un terreno rocoso en fuerte descenso y abajo, pero mucho más abajo de donde estoy, lo que sí parece ser el sendero correcto. Tanto el sendero como la bajada que tengo delante confluyen en el mismo sitio. La opción de volver atrás y bajar directamente hacia el sendero no parece mejor que la de seguir adelante, el terreno es bastante escarpado, así que finalmente me decido a bajar por la ladera de roca, buscando los pasos más fáciles. No tengo ni la más remota idea ni los más mínimos conocimientos sobre escala, trepe o destrepe, así que tengo que improvisar; No sé si es mejor bajar de cara a la pared o de espaldas, pero allá voy. Tengo la sensación de que hasta el más inexperto de los escaladores se moriría de risa si me viese en estos momentos, con el culo pegado a la roca “ay ama, que me caigo de morros, mejor me giro un poco, ¡uf! Que me clavo el maldito bastón, pero ¿dónde narices me agarro ahora? Y el móvil lo tengo en el fondo de la mochila, a ver quien llama al 112, ¿me pongo ya a gritar y pedir auxilio? ¡Venga que ya casi no me queda nada! Ay ama, ay amaaa... por los pelos!! Un saltito más y... ya está!!!! lo he conseguido, he bajado por ahí, yo solito, con estas manitas, ja, creo que ya estoy listo para escalar en Atxarte, un pequeño paso para la escalada, pero un gran salto para mí”




En fin, que con más pena que gloria he llegado a los prados de Zabaleta, frente a mí tengo las paredes de Frailia y la subida por Anboto Sakona, restos de antiguas bordas y el sendero que lleva hasta Arrazola. Untzillatx recibe los últimos rayos de sol de este día.



Por suerte, el resto de la bajada transcurre sin ningún otro contratiempo, y con las luces de las farolas ya iluminadas llego a la pequeña plaza de Arrazola.
Vuelvo al calor del coche e inicio el regreso a casa. Ahora la montaña es tan sólo una negra silueta que se recorta contra el azul oscuro del cielo, fuera hace frío, y en el CD del coche suena Nine Million Bicycles, de Katie Melua.






9 de noviembre de 2007

Mugarra, a la sombra de un gigante

Fecha: 01-11-2007
Lugar: Sierra de Aramotz (Bizkaia)
Cimas: Mugarra 964

Hoy toca una excursión corta, pero de esas que dejan un buen sabor de boca. Salgo tarde de casa y entre las diferentes opciones que me había planteado me decido por el Mugarra. Aúnque ya había estado hace casi dos años, fue subir y bajar, no pude disfrutarlo, pero hoy, aunque con poco tiempo, lo subiré con más calma.

El día amanece despejado, pero justo por la zona del Duranguesado se ven bastantes nubes. La primera vez subí desde Mañaria, así que hoy, para variar, elijo el camino que parte desde el área recreativa de Landaederra, cerca del barrio de Orozketa. Tras atravesar la zona de recreo se llega hasta un aparcamiento donde el asfalto se convierte en pista de tierra. El camino comienza por terreno despejado, en una zona que está siendo repoblada con pinos. En la espesura del bosque, el otoño marca la diferencia entre los árboles perennes y los caducos. Enseguida se llega al punto en el que debo abandonar la pista, un poste de señales se encarga de recordarme que en 30 minutos estaré en Mugarrakolanda. El sendero embarrado discurre entre helechos, pero enseguida comienza a encajonarse entre las rocas, la piedra está resbaladiza y hay que tener cuidado, pero los continuos pasos en forma de escalera facilitan el ascenso. Estoy atravesando el paso de Kataska. El camino se ensancha por momentos y se abre hacia las fuertes pendientes herbosas que llevan a Mugarrakolanda o a los primeros escarpes rocosos del Mugarra, según la dirección que se tome. La verdad es que la cuestita impresiona, ya decía yo que había tardado muy poco en cruzar el paso de Kataska y que hasta Mugarrakolanda no podía haber 30 minutos, pero sí, si que los hay.




Tras un pequeño descanso y hacer las primeras fotos de la subida, me dirijo directamente hacia la roca, el gigante parece haberse despertado con mi presencia y me mira con sus ojos oscuros entre amenazador y sorprendido.




El último tramo de la subida, señalado con marcas de pintura roja, tanscurre ya por terreno rocoso, con las numerosas cimas y hoyadas de la sierra de Aramotz a mi espalda. Enseguida alcanzo el cresterío, y aunque el camino continua a media ladera a través de un hayedo, también se puede hacer siguiendo el cordal. Yo elijo esta opción, el camino es fácil de hacer, con las debidas precauciones, pues a la derecha quedan impresionantes paredes verticales , morada de los buitres.




Tras un corto paseo alcanzo la cima. Desde aquí tengo una de las mejores vistas del parque de Urkiola, en primer plano el colosal Untzillatx, y tras él, la columna vertebral de este parque, el cresterío que comienza en el Alluitz y culmina en el majestuoso Anboto, y tras ellos, Udalatx.



Como ya he dicho, hoy toca disfrutar, así que después de sacar las obligadas fotos de la cima, he recorrido todo el cordal, hasta el punto en que ya no quedaría más remedio que descender. Las nubes tan pronto dejan ver el sol como lo ocultan, la temperatura aquí arriba es agradable y apenas sopla el viento. Descanso, como y hago fotografías.




Tras este parón vuelvo sobre mis pasos y comienzo el descenso hacia Mugarrakolanda. Comienza a soplar el viento y ahora sí tengo frío, pero es soportable, hasta que llego al collado, aquí la cosa es diferente, o me abrigo o me congelo. La visión del Mugarra desde aquí es impresionante, ahora el gigante se ha despertado del todo y la sombra de las nubes proyectada sobre las paredes grises le dan un aire fantasmagórico. El gigante me acecha.



Por unos momentos pienso en alargar la excursión acercándome hasta el Leungana, pero las nubes aumentan y lo del cambio horario se nota bastante, no me gusta mucho tener que andar de noche por la montaña, pero aun tengo tiempo para subir un poco hacia el Artatxagan, sin llegar a su cima, hacia un saliente en la roca en el que ya estuve una vez y recuerdo que las vistas del Mugarra eran muy buenas. Remonto la fuerte pendiente y al llegar a este resalte rocoso, me siento a observar, he montado la cámara sobre el trípode y por unos momento no puedo más que mirar como las sombras de las nubes pasan sobre la montaña, es como si la acariciaran. Están amansando al gigante, que se prepara para volver a dormirse.



En lugar de descender por el mismo sitio, me deslizo a media ladera en dirección al sendero que baja del Leungana. No hay señales, sólo las hojas secas en el suelo y las ramas cubiertas de verde musgo me indican el camino que debo seguir. No sé si es el camino correcto, pero sé que es el camino que debo seguir.


Bajar por aquí no ha sido ningún capricho, sino que obedece a un plan “fotográfico” previo, la luz comienza a escasear y desde el punto en el que me encuentro se tiene una de las mejores vistas del Mugarra, vaya ¿es que el Mugarra tiene alguna vista mala? Pues no, pero esta quizás sea la más característica, la que permite identificarlo enseguida. Con todos ustedes... el Mugarra y Mugarrakolanda.



El día ya no da para más, comienzo el descenso por un sendero que discurre por encima del paso de Kataska y que bajo las paredes de Aramotz me lleva hasta la misma pista por la que inicié el camino. Al final, como siempre, hecho la vista atrás.Las nubes comienzan a arropar al gigante que, dentro de poco, se sumirá en un profundo sueño.









3 de noviembre de 2007

Collado Larrano

Fecha: 09-09-2007
Lugar: Parque Natural de Urkiola (Bizkaia)
Cimas: Larrano Puntie 963
A pesar de ser domingo y hacer un buen día, no he podido salir de casa hasta pasado el mediodía, así que he decidido hacer una pequeña excursión para hacer fotos, eso sí, una excursión pequeña, pero con aire montañero.
Me dirijo hacia Atxarte, donde dejaré el coche, junto a la cantera, para remontar el desfiladero que lleva hasta el collado de Asuntze. Los primeros pasos los doy bajo la imponente cara este del Untzillatx, por cuyas paredes trepan los escaladores, es la mítica Gran Diagonal.


El sendero continúa atravesando un pinar, caminando primero bajo las paredes del Astxiki para después salir a terreno despejado. Las paredes del Alluitz, el paso del infierno, la grieta de Urkulu, son lugares que recuerdan a los montañeros que aquí los descuidos se pagan muy caros, pero yo sigo por mi cómodo sendero hasta Asuntze, donde un poste de señales indica los diferentes caminos a seguir. Hacia la izquierda el collado Larrano, el cual alcanzo en poco más de diez minutos. A mi izquierda está Larrano Puntie y el cresterío que lleva hasta la cima del Alluitz y a mi derecha la fuerte rampa que se encarama al Kurutzeta.


En la cima de Larrano Puntie un buzón del Basconia, un ramo de flores y una placa en recuerdo de algún ser querido.


Es un mirador excepcional, la visión del cresterío hasta Alluitz es impresionante, y detrás del Alluitz asoma el Untzillatx, y más atrás el Mugarra, Artatxagan, Leungana, Errialtabaso.
La figura de un montañero que se dirige al Alluitz surge entre las rocas, ten cuidado amigo...

Larrano Puntie 360º

El buitre planea suavemente sobre las cumbres con la vista perdida en el horizonte, y yo pierdo mi vista en las montañas, en el Udalatx, la montaña mágica.



Pero, ¿acaso no todas las montañas tienen algo mágico? yo creo que sí, sólo hace falta acercarse a descubrirlo.

 

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