20 de noviembre de 2007

Alluitz, mi particular paso del infierno

Fecha: 12-05-2007
Lugar: Parque Natural de Urkiola (Bizkaia)
Cimas: Alluitz 1.040


Hacía ya algún tiempo que había estado a los pies del Alluitz por primera vez, fue un día que en compañía de mi cuñado “El montañero” (algún día le dedicaré una entrada completa) y su pareja, acabamos en el collado de Artola. Aquel día ya era tarde y por unanimidad decidimos subir al Astxiki, pero la visión de aquella mole de roca que se alzaba por encima de nosotros me impresionó bastante (“El montañero” se quedó con ganas de subirlo), así que pasó a la lista de ascensiones prioritarias, y hoy le ha llegado el día.


Me desplazo hasta el barrio de Sagasta para iniciar la ascensión, pues la anterior vez llegué al collado de Artola desde Atxarte y así puedo conocer una ruta nueva. Desde Sagasta, junto a una gran fuente, parte una pista a través del bosque con varias bifurcaciones, una de las cuales lleva hasta un claro donde dejo el coche. De frente, la pista atraviesa una puerta metálica y comienza a ascender para recorre la sierra de Anboto bajo sus paredes. Yo me desvío por un sendero a la derecha antes de llegar a la puerta, pero también asciendo las primeras rampas bajo el Alluitz hacia el collado de Artola. Ahora frente a mí tengo las fuertes rampas que llevan mi vista hasta las laderas del Astxiki.


Apenas llevo un rato caminando y se me está haciendo muy pesado el avanzar, me duelen las piernas y tengo que parar cada pocos pasos. Me pasa muchas veces que los primeros momentos de una subida se me hacen duros, hasta que caliento las piernas o cojo un buen ritmo, pero hoy es diferente, realmente es como si no tuviera fuerzas para seguir. He madrugado bastante, mi hijo de cinco años no perdona, cuando él dice que arriba, no queda más remedio que levantarse, y su hora normal son las siete de la mañana. También he desayunado temprano, el desayuno habitual, buen tazón de Cola Cao, tostadas y galletas y a media mañana algo de fruta, pero por lo visto, hoy no es suficiente. La subida la he comenzado a eso de la una del mediodía. Hace un día espléndido y el calor se nota bastante, aunque más lo notaré por la noche, no me he traído ni la gorra ni la crema solar y el cuello y los brazos se me van a quedar chamuscaditos. Con la lengua fuera y sin aliento he llegado al collado de Artola, donde no me lo he pensado dos veces, me he despojado de todo el equipo, me he acomodado en la hierba y he sacado toda la comida que llevo en la mochila. Cualquiera que me vea pensará que en lugar de montañero soy un maldito dominguero que está de pic nic. Después de acabar con casi todas las provisiones del día lo mejor es reposar un rato, que tampoco es cuestión de echar las tripas un poco más arriba, y como no hay mal que por bien no venga, el parón me ha servido para poder hacer unas bonitas fotos del Astxiki.




No sé si me habré recuperado del bajón, pero más me vale, por que lo que me queda por delante es una de las subidas más duras que he hecho. Primero una pedrera, con lo que me gustan a mí...


Este tramo lo paso sin dificultad, parece que la merendola ha hecho efecto, pero el tramo realmente duro comienza ahora, a los que tienen vértigo se les suele decir “no mires hacia abajo” y a los que como yo se quedan sin fuerzas, lo mejor es decirles “no mires hacia arriba”. Y eso hago, clavo la mirada en el suelo y paso a paso le voy ganando metros a la montaña. A mitad de camino vuelvo a notar molestias en las piernas, parece que hoy no es mi día, además el sol está calentando de lo lindo y aquí no hay ni una sola sombra, un haya solitaria bastante más arriba de donde estoy me sirve de motivación para continuar subiendo, aunque sólo sea por buscar su sombrita y sentarme un rato.



Cuando llego a este lugar me doy cuenta de que la cima está ya a muy pocos pasos y la cosa cambia, esto ahora es una cuestión de orgullo montañero y no hay dolor de piernas que valga, la recompensa al esfuerzo realizado está muy cerca, y desde luego, en esta cima, la recompensa es muy grande. La visión del cresterío que lleva hasta el Anboto es impresionante. Me olvido del dolor de piernas y comienzo a sacar fotos, no puedo dejar que se me escapen esas nubes, esos colores, esas sombras... son unos momentos de actividad frenética hasta que me doy cuenta otra vez de donde estoy y de lo que me ha costado llegar hasta aquí.




Ahora, más relajado, me siento a observar el entorno con más calma y especialmente el más conocido de los pasos aéreos de nuestras montañas “Infernuko zubia” el Paso del Infierno.



Sólo unos cuantos metros de cresta que ponen los pelos de punta a los poco acostumbrados a este tipo de pasos, pero que merecen el respeto de hasta los más intrépidos. No son pocas las personas que se han dejado aquí la vida. La caída a uno y otro lado es espectacular, sobre todo hacia el lado de Atxarte, donde las paredes son verticales. Tengo que verlo de cerca. Me acerco hasta una canal que desciende hacia el paso sin gran dificultad, aunque el abismo que se encuentra hacia abajo comienza a ser más que evidente.



Si que impresiona, sí. Es curioso, pero la sensación de vértigo que puedo experimentar en el balcón de un décimo piso nunca la he tenido en la montaña, y os aseguro que me he asomado a lugares con caídas de más de un centenar de metros, pero bueno, mejor para mí. Creo que ya lo he visto bastante cerca así que vuelvo a la cima trepando por la estrecha canal. Al llegar al vértice geodésico veo a dos personas que aparecen de la nada, no, no son espíritus, son escaladores que han subido por las paredes que dan hacia Atxarte. No se entretienen mucho en la cima y enseguida desaparecen por donde han venido, escalando.



Me he pasado la tarde en la cima, sacando fotos de todo, mirando pasar las nubes, viendo volar a las chovas haciendo piruetas sobre mi cabeza y al elegante alimoche planeando sobre los cortados de roca, da pena marcharse, pero después de haber pasado mi particular “infernuko zubia” durante la subida, la sensación que me llevo de este día no puede ser mejor.



Una vez en el coche, nada mejor que parar un momento en la fuente de Sagasta para refrescarme y beber hasta la saciedad. Comienzo a notar los picores de la quemazón que me ha producido el sol en brazos y cuello. Presiento que me acordaré de esta montaña durante mucho, mucho tiempo...





 

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